25 nov. 2010

ANA MARIA MATUTE, PREMI CERVANTES...... I EL SEU SITGES



AHIR VAN DONAR A ANA MARÍA MATUTE EL PREMI CERVANTES, I PER RECORDAR ELS ANYS QUE VA VIURE A SITGES, HE FET UN PETIT RECULL D'ENTREVISTES ON ELLA FA REFERÈNCIA A LA SEVA ESTADA A SITGES DURANT ELS ANYS 70, AIXÍ COM ELS RECORDS INFANTILS A LA CASA SITGETANA DE LA SEVA TIA.

¿Y lo ve usted todo con una mirada literaria? Lo veo todo con mis ojos. A todo el mundo le pasa. Yo cuento un cuento a dos personas y luego cada una cuenta una versión diferente. Cuentan lo mismo, pero de otra manera. O lo cambian. Cuando vivía en Sitges, venía un tropel de niños por las tardes y ahí, al lado del fuego, les contaba cuentos. Las madres me decían: "Ya sabemos cuándo hay cuento en la casa de la Matute, porque los niños dejan la televisión". Luego les preguntaba y a veces me contaban un cuento completamente diferente al que yo les había contado. Sobre la misma base, sí, pero distinto. Porque los niños tienen mucha imaginación. Luego la pierden. La perdemos, vaya. Bueno, yo no, yo no. 


Ana María Matute entre Anna Maria Moix i Esther Tusquets al terrat de la primera a Sitges

-Viviste en Sitges unos ocho años. Tengo entendido que tu estudio estaba completamente encristalado, daba impresión de ser todo de cristal, con una vista que daba a un jardín donde se veían palmeras y la cúpula de un cine que se llama El Retiro. No muy lejos estaba el mar: un paraíso para cualquier escritor.

- En Sitges tuve la mejor habitación para escribir que se puede imaginar. Estaba hecha en una parte de la terraza y las paredes, de la mitad al techo eran de cristal. La vista y el ambiente, tanto en invierno como en verano, eran maravillosos; eran de cuento de hadas... Nunca jamás he tenido una habitación como aquella. El mar estaba muy cerca, y lo oía y lo sentía. También había una palmera que quedaba justo enfrente de mi vista y con la que tuve muy buena relación; fuimos amigas, igual que sucedió con los tres árboles de Mansilla.

La voz del silencio: la campana de cristal me ha conmovido, hasta me ha hecho llorar. Me ha recordado los momentos maravillosos que mi hermana y yo solíamos disfrutar con ella. Este prefacio, por lo tanto, es un retorno a la época dorada de mi infancia cuando, de pequeñas.



Verónica y yo pasábamos parte del verano en Sitges, en casa de la tía Ana María. Aquellos veranos eran deliciosos, porque representaban además del sol y la playa la libertad más absoluta. A la tía todo le parecía bien, podíamos comer todos los helados del mundo, ir al cine todas las noches, levantarnos cuando se nos acabara el sueño y sentarnos a la mesa cuando teníamos hambre. Supongo que la tía debía de ser por aquel entonces eso que dicen los artistas: bohemia y genial. (...)

El recuerdo de aquellos veranos y de aquella casa me persigue aún hoy de forma muy agradable, porque muchas de las cosas cotidianas de mi vida actual están ligadas muy concretamente a la manera de hacer de la tía. Adorno mi casa como recuerdo que lo hacía ella en Sitges. Con los años, los objetos que me ha ido regalando y que pertenecieron a aquella casa se han convertido en fetiches que encierran una vida que a mí me parecía ideal.

(...) El primer objeto cotidiano que convirtió en algo extraordinario fue una vieja maleta que, convenientemente trabajada por ella y con unas patas pasó a ser la mesita que había delante del sofá para tomar café y que dentro guardaba precisamente el juego de café. Otro objeto increíble construido por la tía fue un pueblo enorme que era una lámpara y que sujetó con tanta fuerza a la pared que fue imposible sacarlo de allí cuando dejó la casa.(...)

Algunas veces pasábamos unos días de invierno en aquella casa de Sitges y entonces dormíamos en la habitación de Juan Pablo que tenía una chimenea. La tía la encendía; nosotras nos metíamos en la cama y ella traía las gafas y el libro de los cuentos de Andersen. Nos los leía y para realzar más un pasaje, levantaba la cabeza, nos miraba por encima de sus gafas y suspendía la mano durante unos segundos en el aire, como ayudando a las palabras a que flotaran por la habitación. Me siguen encantando aquellos cuentos pero, cuando se los he leído en voz alta a mis hijas, siempre he acabado llorando. No sé si por el cuento, o por no poder volver a aquella felicidad tan pura de los diez años cuando, por primera vez, me lo leyó a mi.

GAZARIAN-GAUTIER, Marie-Lise (1997) Ana María Matute: La voz del
silencio. Madrid: ed. Espasa Calpé.

PAREJA MATUTE, Sapo, “Prefacio. Recuerdos de infancia”,
en Marie-Lise GAZARIAN-GAUTIER, Ana María Matute. La voz del silencio,
ed. Espasa, Madrid, 1997.

2 comentaris:

  1. ahhh, mi Gil de Biedma...¡¡¡ mi gil de biedma ¡¡¡que la vida era...¡¡¡

    ResponElimina
  2. Molt, molt interessant. Gràcies per recordar-nos aquest Sitges.

    ResponElimina